
La primera fuente de agua de Tenochtitlan, fundada en 1325, fue el manantial Tozpálatl, ubicado en la propia isla, cerca de la esquina noroeste de la contemporánea Plaza de la Constitución. Los aguadores transportaban el agua en canoas y la vendían a los transeúntes debajo de los puentes e incluso la entregaban en los domicilios donde se usaba para higiene personal, beber y cocinar, previo cobro por el servicio. Había acequias para conducir el agua destinada al riego de las chinampas, y también se construyeron estructuras de control de las aguas —los así llamados albarradones— con el fin de protegerse de las inundaciones lacustres, ya que Tenochtitlan estaba sólo 1.9 m por arriba del lago de Texcoco y en época de lluvias la profundidad del agua en este lago se elevaba hasta 2.5 m, además de que los lagos de Zumpango, Chalco y Xochimilco también tenían el potencial de inundar la ciudad.
Su desarrollo pronto requirió el apoyo de fuentes de agua externas. La isla de Tenochtitlan conectaba hacia el norte con el islote de Tlatelolco, sólo separada por un canal; ésta era otra ciudad nación, pero aliada de los mexicas al grado de que compartieron alrededor de 1375, ya sea voluntaria o coercitivamente, el agua de su manantial Xancopinca mediante un caño. El crecimiento de Tenochtitlan propició hacia 1430 la construcción de un acueducto para conducir el agua dulce del manantial de Chapultepec, donde habían habitado los mexicas casi un siglo, y los gobernantes, conocidos como
tlatoanis, aún disfrutaban de jardines y baños. Cerca de 1490 se constru-
yó otro canal que transportaba el agua de un manantial ubicado en Coyoacán; paradójicamente, esa estructura también era capaz de inundar Tenochtitlan y, de hecho, lo hizo en 1499.
Entre 1564 y 1572 se construyó un segundo acueducto para llevar agua del manantial Santa Fe a la entonces ciudad de México. En este caso, el ayuntamiento de México compró al cabildo eclesiástico de Valladolid —hoy en día, Morelia, Michoacán— la Sierra del Desierto de los Leones, el bosque donde brotaban los veneros, en 6,000 pesos. Debido al gran caudal que conducía sufrió daños que tuvieron que ser reparados en 1585, 1591 y 1620. El agua que provenía de Santa Fe tenía una menor concentración de sales, medida como carbonato de calcio, y por esa razón se le denominaba “agua delgada”, a diferencia del agua que provenía de Chapultepec, conocida como “agua gruesa” por tener una mayor dureza y olores más pronunciados. En 1650 se construyó otro acueducto desde los manantiales de Chapultepec hasta la fuente que se conoció como Salto del Agua, de donde se servían los aguadores que entregaban el agua en los domicilios por un precio; ese acueducto se desmanteló en 1886 para dar paso a los tranvías.
Los pueblos originarios de Cuajimalpa, Acopilco, Chimalpa, Tlaltenango, San Bartolomé, San Bernabé, Santa Rosa y Santa Lucía, así como diversas fincas, ranchos y haciendas, también usaban las aguas del manantial de Santa Fe. Sin embargo, con el fin de proteger el agua destinada a la ciudad de México y prevenir que los propietarios de las haciendas y fincas, así como los habitantes de las poblaciones cercanas la agotaran, el rey Carlos II ordenó en su cédula del 30 de octubre de 1694 que las mercedes de agua que se hicieran en lo sucesivo no fueran una venta rasa sino un censo enfitéutico13, para que nunca perdiese la ciudad su dominio directo.
Hacia finales del siglo XVIII se acrecentaron los conflictos entre Cuajimalpa, la hacienda San Francisco de Borja, la municipalidad de Tacubaya y la ciudad de México por el uso del agua de Santa Fe. En respuesta, el rey Carlos IV determinó el 18 de noviembre de 1803 que el vecindario de la ciudad de México era el verdadero y único dueño14 de todas las aguas que se conducían por las cañerías públicas desde Santa Fe y, cuando las necesitara para su abastecimiento, los particulares quedarían privados de ellas.
La constitución de 1824 creó al Distrito Federal para asentar los poderes de la Unión —ejecutivo, legislativo y judicial—, sustrayendo del Estado de México un territorio circular con centro en la Plaza Mayor y radio de dos leguas (8,280 m), que abarcaba 215.38 km2. En 1842 se incrementó la superficie del Distrito Federal con la adición de las zonas de Guadalupe Hidalgo, Mexicaltzingo, Iztapalapa e Iztacalco y, en 1859, el Desierto de los Leones, para asegurar el abastecimiento de agua potable. En 1898 la superficie del Distrito Federal se volvió a incrementar y, hasta la fecha, es de 1,479 kilómetros cuadrados.
Alrededor de 1846 se descubrió que existían aguas subterráneas en la capital del país. En un principio, el acuífero principal y el acuífero poco profundo estaban sujetos a presión artesiana, de modo que el agua en todos los pozos fluía hacia la superficie sin necesidad de bombeo. Los gradientes hidráulicos naturales hicieron que el agua se moviera hacia arriba a través de los acuíferos de arcilla más someros. Entonces, los pozos que se perforaron antes de 1850 eran de poca profundidad y, en consecuencia, estaban expuestos a una amplia contaminación orgánica, por lo que no se recomendaba el consumo
de su agua. Pero a partir de 1852, Sebastián Pane y Aquiles Molteni comenzaron a perforar pozos profundos. En 1857 el abastecimiento de agua a la ciudad de
México era de 343.58 lps de agua de manantiales más 240.84 lps de aguas subterráneas, lo que para una población de 200,000 habitantes representaba una dotación de 252.47 l/hab/día para todos los usos, no sólo el doméstico.
